EL HOMBRE CASA
EL PUEBLO QUE NO PUEDE CRECER
...tres horas de tren monte adentro, serpeando junto al Urubamba, el minúsculo pueblito de Aguas Calientes, al pie casi del Machu Picchu, aparece. De unas pocas calles de largo y otras tantas de ancho, atravesado por un río angosto y violento que se abre paso entre rocas de todos los tamaños, pequeñas e inmensas, yacente en el fondo del cañón que forma el cerco de peñascos de 300 metros que emergen como gigantescos icebergs casi delante del observador. No existe el horizonte, la vista choca inevitablemente con los muros verticales de los peñascos y montes por donde se mire. Lleno de hoteles y restaurantes de todas las categorías, colmado desordenadamente, sin ninguna planificación posible, en pocas agrestes hectáreas de tierra y rocas, cuya única razón de existir es albergar turistas que suben al santuario inca, así es el singular asiento turístico. Supongo que la tierra allí es muy cara por la limitación de espacio forzada que tiene por el macizo de montañas que lo amuralla, será por esto un pueblo que no tiene por donde crecer.
Uno de sus peculiares habitantes era un clochard, un hombre-casa, digo yo, un homeless, dicen los americanos, un indigente dicen los estudiosos. Aguas Calientes es un caserío en cuya plaza de armas, como llaman en Perú a las plazas centrales, el individuo se infiltró nadie sabe de donde. Tal vez llegó a estos lares de otro país, de cual ciudad, de cual familia, si alguien lo conocía o lo reconocía, no se sabía nada de él. Su itinerario inimaginable los últimos 5 años lo hacía más interesante.
Hedía a diez metros, sin exageración, y era tan insoportable su hedor, tan intenso, que podía provocar cefaleas o sinusitis y había que alejarse otros diez metros, si es que el viento estaba en contra. No reparé en él hasta percibir su olor porque su apariencia no era tan desastrosa aún, como la suele ser la de los indigentes. Estaba parado debajo de la cornisa de una casona de la plaza, escampando junto a otras personas de una fuerte y prolongada lluvia. El clima no era para asustarse, si no más bien agradable, temperado, ni frío ni caluroso, por tanto la ropa ligera venía bien usar y así vestía aquél hombre.
Podía tener de 25 a 50 años. En algún punto de su cronología debió perder los rasgos y distintivos de su edad la que pasó a resultar indeterminable. Tranquilamente podía frisar los 30 pero, uno pensaba que, con el estilo de vida que llevó, bien podía haberse cargado 20 años encima en su figura y rostro. Era preferible ponerle menos años y de ahí, aumentar unos 10 mas de mala vida. Por esto es de aquellos hombres cuya edad es "incalculable". Totalmente perdido en sí mismo, parecía no hacer caso del ambiente, del clima, de la lluvia, de la gente, del movimiento de la plaza, constantemente se hallaba ocupado en sus minucias y quehaceres "domésticos": rascarse, bostezar, loquear. Cargaba una canasta de tiras de plástico, con quien sabe que haberes en su interior. Sentado en la vereda, no veía a nadie, no pedía nada, parecía hallarse surcando un sendero de truculentas ansiedades, era evidente que había enloquecido artificialmente, por el consumo de drogas, e irremediablemente. No se podía saber si era peruano o gringo, turista del interior o del exterior, y no se sabía como fue a dar a los pies del Machupicchu, si una vez que llegó, ya años hace, no pudo volver a salir de esa ciudadela encañonada entre collados y peñascos alucinantes, como es el pueblito de Aguas Calientes. A lo mejor vino de otro país y se extendió en el consumo y lo abandonaron sus amigos, inofensivo fue e inofensivo siguió siendo, ahora, sumido en su delirio. ¿Cuándo fue que perdió los estribos? ¿Cuándo fue que se desbocó? ¿Es que no se pudo detener en algún instante de su larga transición? Es un tipo, creo, dotado de una resistencia física y mental extraordinaria, que debió demorar años o quien sabe una década su caída, y todavía no estaba del todo acabado. Al mirarlo cualquiera ya no tendría esperanza de su recuperación, además que no había ninguna voluntad, ningún voluntario dispuesto a ayudarle a salir de su averno.
-¡Pobrecito! -Suspiré después de verlo por largos minutos y tomarle unas fotos- ¡Tan solo, he ido!
Aguas Calientes
2008


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