EL TRAYECTO
Fue un día martes de la semana de los habitantes desta Tierra, en que Pablo salió con suma urgencia de las habitaciones donde tenía su lecho. Botando las cobijas al suelo, tomó el reloj, llamó a alguien al teléfono y escuchó una voz de mujer que decía. "Recuerda la puntualidad" y él respondió "no voy a alcanzar". Sin detenerse empezó desordenadamente a vestirse y a buscar sus cosas para llevarlas en sus bolsillos, mientras el tiempo corría más rápido. Tuvo varios desvíos en el centro de la ciudad, entró a un edificio, luego a otro, luego a una casa, luego a la estación del bus y pudo recortar el tiempo. Tenía casi una hora para llegar a su cita puntual, así que se relajó entre los viajantes, dedicándose a observar las costumbres de esa inusitada ciudad, que era la suya, aunque no lo creyera, pues parecía que todavía no salía del sopor de su sueño largo.
Llegó al terminal y entró a unas oficinas, habló con un par de hombres, preguntó un par de cosas y tomó un bus que finalmente lo llevaría hasta el barrio donde habitaba la mujer, según rezaba el cartel de la parada que decía "Cotocollao". Más relajado, sacó unos papeles para leerlos durante el viaje y se desviaba su mirada en las rodillas de una oficinista con minifalda y con pantymedias sentada a su lado, imaginaba con toda su virilidad recorrer como un animal de presa las colinas de sus rodillas, las junturas de sus muslos, como si fuese un niño que en verano, escapado de su casa, corre por los campos y las dunas cálidas del placer. En eso levantó la vista y miró una señal de tránsito que decía "Av. El Inca". Había tomado el bus equivocado y ya era tarde para regresar, así que decidió continuar hasta el fin del trayecto y en el mismo recorrido retornar hasta el punto de partida. Pero ya estaba media hora retrasado y el tiempo seguía corriendo. El minutero del reloj avanzaba y el vehículo a cada rato se detenía para coger o dejar pasajeros. Finalmente abandonó el bus antes de completar su retorno y se embarcó en un taxi al que indicó la dirección que le había dado la mujer, apurándolo, y este, en medio del tráfico, se extravió y se reencontró hasta que llegó al parque de la Concepción en el que se bajó nuestro hombre. Llamó a la mujer y esta le dijo "Hay dos parques, uno es en la Prensa y otro, donde tú estas, es en la Brasil" "Pero ya no hay tiempo porque debo salir a las 4 y 30" y él solo atinó a decir que "Bueno... chao" y así fue la heroica travesía de aquél hombre que ese día no debió abandonar su cama y quien sabe si nunca debió existir.
ESTE ES EL FIN
"De que este es el fin... es el fin" -me dijo mi amigo antes de llegar. Estábamos caminando por la periferia rural, cerca de la vía interocéanica, donde todavía había casas nativas de los criollos de aquél pueblito llamado Cumbaya, que en las dos últimas décadas fue colonizado por los quiteños que querían invertir sus fortunas en el maravilloso valle. La casa quedaba en el barrio La Primavera, con sus deliciosas colinas y laderas, dentadas de mansiones nuevas de bellos diseños, que parecía más un barrio de Miami que de Quito.
Francisco estaba sintonizando otro discurrir de la existencia terrena y pagana, me hacía caminar junto a él para ver si podía sintonizarme en ese nivel paralelo de la realidad, que tanto me gustaba. Lo veía feliz, despreocupado, sin ambiciones, ni silicios, ni grilletes, ni cadenas, y, paso a paso, me transmitía toda esa serenidad.
Cayó la noche. Rememoraba la selva de Sucumbíos, la comunidad Siona que visitara el año pasado y, parece que la misma selva, fue trayendo hasta nosotros su humedad que nos anegaba la razón de un delicioso sopor en medio de una callejuela que se hacía más y más oscura. Entramos por un portón a una casa más bien modesta, rodeada de un terreno amplio, sembrado de árboles de limón y aguacates. Un perro con luengos pelos castaños salió a recibirnos alegremente y luego caminó delante nuestro, dirigiéndose hacia los árboles y se fundió en la penumbra. Nosotros seguimos caminando y aquella casa con el terreno desaparecían, se esfumaban suavemente, pero no nos admirábamos del hecho, con toda naturalidad avanzábamos como en el aire. No había nada a nuestro alrededor. Mientras seguíamos conversando, Francisco seguía explicandome sobre las realidades paralelas en el universo y yo lo escuchaba, sin destacar que habíamos despegado de aquél paraje. Muy dentro mío, el miedo quería dominarme, protegerme, devolverme a la casa de campo de hace un rato, pero no podía, estaba muy dentro, disminuida su fuerza, no detentaba mi ánimo, ni mi rumbo, ni mi cuerpo, casi no existía, era una emoción antigua, de una vida anterior. Tampoco el pensamiento podía dirigir mi tiempo, mis acciones, mi voluntad y no había más que caminar hacia ningún lugar, desde ningún lugar, hacia ningún propósito. Vino a mi memoria la frase que me dijo Francisco al principio, que ese día iríamos "hasta el fin" y recién estaba entendiendo a que se refería, ése era el fin y era nada parecido a cualquier cosa que había vivido o concebido. El fin de mis expectativas, de mis razones, de mis miedos, de mi voluntad que quedaba atrás como una piel vieja y obsoleta. No sabía donde iba ni porque y, más que fin, parecía un comienzo, un inicio, y algo eterno lleno de mucha paz y holgura en que todo devenía.
EL JUEVES
Salió retrasado veinte minutos, la charla comenzaría a las 5 y a esa hora estaba a unos dos kilómetros de distancia, trasbordando otro bus para continuar su viaje interrumpido en la línea que llegaba hasta la Universidad Central. Ya estaba inmerso en el trayecto de ese jueves y nada podía hacer, todo era como tenía que ser y
sin tener claro que iba a hacer acudía a la cita sin más. "¡Ni modo!" se dijo.
Allí estaban algunas de las mujeres instaladas en sus asientos, parecían máscaras que detrás suyo ocultaban seres humanos llenos de experiencias, que emanaban emociones y tensiones. A media reunión descubrió que en su misma fila estaba Rocío que había llegado puntual. Furtivamente la espió, estaba vestida con un jean blanco ceñido a sus muslos torneados, botas negras y una chaqueta violeta, a modo de pechera traía una bufanda de tul, igual de color violaceo que cubría su escote. Tenía el look de una ejecutiva madura que reinaba en su pequeño cubículo o asiento, alrededor de quien giraban algunas miradas de hombres dispuestos a la conquista. R. era uno de ellos, pero lo único que le hacía no calificar para el reto, es que no le provocaba acometerlo, sin embargo algo quería, algo buscaba, algún alimento guardaba ella y quería descubrirlo y consumirlo, pero, todavía era materia prima, no estaba lista para ser aprovechada aún, por lo menos eso sentía. Al final de la charla le preguntó:
-Que vas a hacer?
-Nada, ir a casa
-Y tu?
-Igual, ir a casa
-Quieres caminar
-Si, vamos
Entonces el se despidió de las otras mujeres y salió con su dama, internándose en la noche fría de ese jueves. Por cortesía la tomó de la mano para prevenir una torcedura de tobillo en el paso peatonal de la 10 de agosto que amenazaba con varias irregularidades estructurales y falta de iluminación. No convenía dejarla sola, hubiera sido su error si tropezara, debía proteger el paso de su amiga, que tan desvalida parecía y así llegaron por calles oscuras hasta el centro comercial Iñaquito.
En la anterior cita, hace una semana, habían cada uno presentado cartas credenciales, datos y situación completa: ella casada, cohabitante en su propio hogar con su marido e hijos, atravesaba una ruptura conyugal que creía definitiva y buscaba una relación extramatrimonial con proyección futura. El, por su parte, separado desde hace años de una unión libre que duró una decada, estaba indeciso sobre si buscaba una compañera de ocasión o definitiva. Por el momento no tenía trabajo y ella se dio cuenta de que no podía costear salidas costosas. Sin detenerse en ningún local o cafetería, por iniciativa de ella, avanzaron hasta una pista de patinaje de hielo en el que un grupo de jóvenes practicaba y aprendía algúna pirueta o perfeccionaban estilos. Terminaron su tiempo de media hora dos grupos sucesivos y ellos seguían allí, sentados en las gradas, hablando de los problemas de las relaciones de pareja. Hasta que empezaron a aburrirse y salieron a la avenida en una de cuyas paradas de bus, tomaron asiento indecisos sobre lo que querían hacer, lo que estaban haciendo, el propósito de cada uno, dejando pasar el tiempo. Ella necesitaba una pareja y él tambíén pero definitivamente no parecían nacer los lazos suficientes para alimentar ese casi frío fuego en algún rincón de su ser, apagado. No, el fuego no se alimentaba y los carbones se sofocaban en humo.
Dieron las 9 y ella tomó la decisión de llamar a su marido para que la venga a ver en el auto. El auto era de ella, pero lo manejaba su marido para el trabajo. Más cómodo y seguro era llamarlo que rentar un taxi y así fue que pasaron diez minutos y se dirigieron al punto donde tenía que recogerla, unos metros antes se separaron y el la besó en los labios
-Chao! -le dijo, abrazándola y soltándola a su libertad, sintiendo que hasta ese momento no se había forjado ningún vinculo que le uniese a la mujer, al menos un puente o paso, al igual que el paso peatonal, para llegar hasta su hermoso cuerpo y poseerla. Así se desenvolvió esa cita estéril.
II
Si me preguntan, cuál era el propósito de la cita, no sabría que responder. Sin afán de promocionarme podría decir que era pretendido por Rocío que me dio la pauta para encontrarnos. En la mañana del jueves me mandó un mensaje por celular preguntándome si iba a la charla. Alcancé a leer el mensaje recién por la tarde y me apresuré a llamarla para decirle que si asistía y, de una vez, concerté la cita. Ella iba para verme y yo igual, so pretexto de la charla para parejas con problemas. Nos conocimos hace una semana en el mismo auditorio, ella atravesaba una crisis conyugal y yo enfrentaba mi divorcio.
Llegué veinte minutos atrasado, el auditorio estaba casi lleno, había sillas de plástico dispuestas alrededor de la estancia formando dos rectángulos, uno dentro del otro, me detuve en el vano de la puerta un momento, divisé una silla vacía al fondo, cerca de la mesita de los moderadores y allá me dirigí. Vestía un jean azul oscuro, una chaqueta de tres cuartos verde, una camiseta con un estampado psicodélico parduzco y zapatos de suela de cuero negro sin lustrar, una mezcla de joven y maduro, formal e informal, en tal caso, ecléctico, para no fastidiar ni a las personas jóvenes ni a las mayores y encajar con todo el grupo y, por supuesto, encajar con ella, a quien no terminaba de conocerla. Transcurrieron unos minutos y no la encontraba. La moderadora dio la palabra a una mujer que estaba en la misma fila que la mía, separada dos puestos, quien con su voz cantada y educada comentó su caso fríamente, era ella. Vestía un jean blanco apretado, botas negras, un saco lila y bufanda violeta;
ROMANCE EN HIELO
Todavía no me acostumbraba a la ciudad. Suponía que tenía que llevar una vida normal, como la de todo el mundo y se suponía que debía tener una novia. Así que aposte por Rocío, con quien tenía altas probabilidades de empatar, solo tenía que acoplarme y aceptar las cosas como vinieran. Tras largos años de reclusión, no podía darme el lujo de soñar y perseguir un ideal inaccesible, además estaba el problema de mi edad, que cada vez limitaba y reducía más el rango de aspirantes entre 40 y 50 años, no menudeaban las oportunidades que llenaran mis expectativas de otrora, en especial que tuvieran buen cuerpo. Debía acatar las cosas como se me estaban presentando. Debía portarme bien esta vez.
Rocío me aceptaba, le gustaba, se insinuaba, me daba todas las facilidades. Aunque fuésemos afines un 30 por ciento, al parecer estábamos dispuestos a aceptar nuestras diferencias y limitarnos a compartir lo que nos gustaba de ambos y el resto ignorarlo. Pero había algo que no terminaba de aceptar en ella y es que tenía muchos amantes. El hecho de que era casada era menos importante que el hecho de que tuviera amantes. Era una situación incómoda. Con su esposo las cosas estaban definidas, estaban separados intimamente pero todavía compartían su hogar con sus hijos. Ella no le debía fidelidad, se había emancipado, declarado infiel. He ahí el detalle. Entonces ella solo podía ser un pasatiempo para mi y la relación se podría volver media neurótica, frustrante y despertar suspicacias de lado y lado. Pero yo necesitaba por el momento una pareja, aunque sea para sentirme normal, reinsertarme en la vida. Después de 4 años en prisión, esa era mi prioridad, después ya buscaría otra mujer, una mejor opción.
Yo no sabía donde conducía el pasillo por el que ella guiaba. Ante nosotros se abrió un amplio espacio cubierto por la estructura de una carpa. Una bocanada de aire frío nos recibió, era una enorme pista de hielo ovalada, surcada por jovenes y niños que se desplazaban sobre la superficie. Había como unas veinte figuritas, más o menos diestras en el deporte, que circulaban por el óvalo y uno que otro maestro que ayudaba a los principiantes. Tenía a un lado un graderío para los expectadores, con tablones en los bordes para sentarse. Subimos cuatro gradas y nos ubicamos en medio de la platea, separados del grupo de chicos que hacían cola en la caseta para adquirir su tiquet. Nos sentamos uno al lado del otro, como novios, y se me vinieron a la memoria esas pinturas de paisajes desolados de Edward Hopper. Eramos un hombre y una mujer, ahitos en el graderío de esa platea, ella cruzada los brazos y las piernas, yo de vez en cuando le pasaba el brazo por el hombro y la cintura, buscando su calor; bañados por el ambiente frío de la pista congelada, tratábamos de encender un fuego como una fogata de carbones negros que no prendían. La iluminación de todo ese escenario era algo débil, en ningún caso brillante, que atenuaba la blancura del hielo con una pátina de desencanto. Un amor de invierno en la mitad del mundo, éramos una pareja latina que no encendía motores en aquél importado escenario.
Ella se había equivocado al elegir ese sitio para pasar nuestra cita. La vez anterior tomamos un café en el patio de comidas del centro comercial, un lugar mucho más acogedor, frente a frente ante una mesita, donde pudo explayarse en la conversación que se prolongó hasta casi las diez de la noche. Nuestra sangre caliente no había aprendido a flirtear en climas fríos, lo único que procedía hacer en tal circunstancia, lo mejor que se podía hacer, es buscar una habitación con una chimenea y una botella de algo fuerte y luego meterse los dos a una cama para calentarse los cuerpos, pero eso difícilmente se daría desde la plataforma de una pista de patinaje, por lo cual yo opté por pasarme toda la cita haciendo chistes y chistes, convirtiendo la frustrante cita en un motivo de risa.
Llegó al terminal y entró a unas oficinas, habló con un par de hombres, preguntó un par de cosas y tomó un bus que finalmente lo llevaría hasta el barrio donde habitaba la mujer, según rezaba el cartel de la parada que decía "Cotocollao". Más relajado, sacó unos papeles para leerlos durante el viaje y se desviaba su mirada en las rodillas de una oficinista con minifalda y con pantymedias sentada a su lado, imaginaba con toda su virilidad recorrer como un animal de presa las colinas de sus rodillas, las junturas de sus muslos, como si fuese un niño que en verano, escapado de su casa, corre por los campos y las dunas cálidas del placer. En eso levantó la vista y miró una señal de tránsito que decía "Av. El Inca". Había tomado el bus equivocado y ya era tarde para regresar, así que decidió continuar hasta el fin del trayecto y en el mismo recorrido retornar hasta el punto de partida. Pero ya estaba media hora retrasado y el tiempo seguía corriendo. El minutero del reloj avanzaba y el vehículo a cada rato se detenía para coger o dejar pasajeros. Finalmente abandonó el bus antes de completar su retorno y se embarcó en un taxi al que indicó la dirección que le había dado la mujer, apurándolo, y este, en medio del tráfico, se extravió y se reencontró hasta que llegó al parque de la Concepción en el que se bajó nuestro hombre. Llamó a la mujer y esta le dijo "Hay dos parques, uno es en la Prensa y otro, donde tú estas, es en la Brasil" "Pero ya no hay tiempo porque debo salir a las 4 y 30" y él solo atinó a decir que "Bueno... chao" y así fue la heroica travesía de aquél hombre que ese día no debió abandonar su cama y quien sabe si nunca debió existir.
ESTE ES EL FIN
"De que este es el fin... es el fin" -me dijo mi amigo antes de llegar. Estábamos caminando por la periferia rural, cerca de la vía interocéanica, donde todavía había casas nativas de los criollos de aquél pueblito llamado Cumbaya, que en las dos últimas décadas fue colonizado por los quiteños que querían invertir sus fortunas en el maravilloso valle. La casa quedaba en el barrio La Primavera, con sus deliciosas colinas y laderas, dentadas de mansiones nuevas de bellos diseños, que parecía más un barrio de Miami que de Quito.
Francisco estaba sintonizando otro discurrir de la existencia terrena y pagana, me hacía caminar junto a él para ver si podía sintonizarme en ese nivel paralelo de la realidad, que tanto me gustaba. Lo veía feliz, despreocupado, sin ambiciones, ni silicios, ni grilletes, ni cadenas, y, paso a paso, me transmitía toda esa serenidad.
Cayó la noche. Rememoraba la selva de Sucumbíos, la comunidad Siona que visitara el año pasado y, parece que la misma selva, fue trayendo hasta nosotros su humedad que nos anegaba la razón de un delicioso sopor en medio de una callejuela que se hacía más y más oscura. Entramos por un portón a una casa más bien modesta, rodeada de un terreno amplio, sembrado de árboles de limón y aguacates. Un perro con luengos pelos castaños salió a recibirnos alegremente y luego caminó delante nuestro, dirigiéndose hacia los árboles y se fundió en la penumbra. Nosotros seguimos caminando y aquella casa con el terreno desaparecían, se esfumaban suavemente, pero no nos admirábamos del hecho, con toda naturalidad avanzábamos como en el aire. No había nada a nuestro alrededor. Mientras seguíamos conversando, Francisco seguía explicandome sobre las realidades paralelas en el universo y yo lo escuchaba, sin destacar que habíamos despegado de aquél paraje. Muy dentro mío, el miedo quería dominarme, protegerme, devolverme a la casa de campo de hace un rato, pero no podía, estaba muy dentro, disminuida su fuerza, no detentaba mi ánimo, ni mi rumbo, ni mi cuerpo, casi no existía, era una emoción antigua, de una vida anterior. Tampoco el pensamiento podía dirigir mi tiempo, mis acciones, mi voluntad y no había más que caminar hacia ningún lugar, desde ningún lugar, hacia ningún propósito. Vino a mi memoria la frase que me dijo Francisco al principio, que ese día iríamos "hasta el fin" y recién estaba entendiendo a que se refería, ése era el fin y era nada parecido a cualquier cosa que había vivido o concebido. El fin de mis expectativas, de mis razones, de mis miedos, de mi voluntad que quedaba atrás como una piel vieja y obsoleta. No sabía donde iba ni porque y, más que fin, parecía un comienzo, un inicio, y algo eterno lleno de mucha paz y holgura en que todo devenía.
EL JUEVES
Salió retrasado veinte minutos, la charla comenzaría a las 5 y a esa hora estaba a unos dos kilómetros de distancia, trasbordando otro bus para continuar su viaje interrumpido en la línea que llegaba hasta la Universidad Central. Ya estaba inmerso en el trayecto de ese jueves y nada podía hacer, todo era como tenía que ser y
sin tener claro que iba a hacer acudía a la cita sin más. "¡Ni modo!" se dijo.
Allí estaban algunas de las mujeres instaladas en sus asientos, parecían máscaras que detrás suyo ocultaban seres humanos llenos de experiencias, que emanaban emociones y tensiones. A media reunión descubrió que en su misma fila estaba Rocío que había llegado puntual. Furtivamente la espió, estaba vestida con un jean blanco ceñido a sus muslos torneados, botas negras y una chaqueta violeta, a modo de pechera traía una bufanda de tul, igual de color violaceo que cubría su escote. Tenía el look de una ejecutiva madura que reinaba en su pequeño cubículo o asiento, alrededor de quien giraban algunas miradas de hombres dispuestos a la conquista. R. era uno de ellos, pero lo único que le hacía no calificar para el reto, es que no le provocaba acometerlo, sin embargo algo quería, algo buscaba, algún alimento guardaba ella y quería descubrirlo y consumirlo, pero, todavía era materia prima, no estaba lista para ser aprovechada aún, por lo menos eso sentía. Al final de la charla le preguntó:
-Que vas a hacer?
-Nada, ir a casa
-Y tu?
-Igual, ir a casa
-Quieres caminar
-Si, vamos
Entonces el se despidió de las otras mujeres y salió con su dama, internándose en la noche fría de ese jueves. Por cortesía la tomó de la mano para prevenir una torcedura de tobillo en el paso peatonal de la 10 de agosto que amenazaba con varias irregularidades estructurales y falta de iluminación. No convenía dejarla sola, hubiera sido su error si tropezara, debía proteger el paso de su amiga, que tan desvalida parecía y así llegaron por calles oscuras hasta el centro comercial Iñaquito.
En la anterior cita, hace una semana, habían cada uno presentado cartas credenciales, datos y situación completa: ella casada, cohabitante en su propio hogar con su marido e hijos, atravesaba una ruptura conyugal que creía definitiva y buscaba una relación extramatrimonial con proyección futura. El, por su parte, separado desde hace años de una unión libre que duró una decada, estaba indeciso sobre si buscaba una compañera de ocasión o definitiva. Por el momento no tenía trabajo y ella se dio cuenta de que no podía costear salidas costosas. Sin detenerse en ningún local o cafetería, por iniciativa de ella, avanzaron hasta una pista de patinaje de hielo en el que un grupo de jóvenes practicaba y aprendía algúna pirueta o perfeccionaban estilos. Terminaron su tiempo de media hora dos grupos sucesivos y ellos seguían allí, sentados en las gradas, hablando de los problemas de las relaciones de pareja. Hasta que empezaron a aburrirse y salieron a la avenida en una de cuyas paradas de bus, tomaron asiento indecisos sobre lo que querían hacer, lo que estaban haciendo, el propósito de cada uno, dejando pasar el tiempo. Ella necesitaba una pareja y él tambíén pero definitivamente no parecían nacer los lazos suficientes para alimentar ese casi frío fuego en algún rincón de su ser, apagado. No, el fuego no se alimentaba y los carbones se sofocaban en humo.
Dieron las 9 y ella tomó la decisión de llamar a su marido para que la venga a ver en el auto. El auto era de ella, pero lo manejaba su marido para el trabajo. Más cómodo y seguro era llamarlo que rentar un taxi y así fue que pasaron diez minutos y se dirigieron al punto donde tenía que recogerla, unos metros antes se separaron y el la besó en los labios
-Chao! -le dijo, abrazándola y soltándola a su libertad, sintiendo que hasta ese momento no se había forjado ningún vinculo que le uniese a la mujer, al menos un puente o paso, al igual que el paso peatonal, para llegar hasta su hermoso cuerpo y poseerla. Así se desenvolvió esa cita estéril.
II
Si me preguntan, cuál era el propósito de la cita, no sabría que responder. Sin afán de promocionarme podría decir que era pretendido por Rocío que me dio la pauta para encontrarnos. En la mañana del jueves me mandó un mensaje por celular preguntándome si iba a la charla. Alcancé a leer el mensaje recién por la tarde y me apresuré a llamarla para decirle que si asistía y, de una vez, concerté la cita. Ella iba para verme y yo igual, so pretexto de la charla para parejas con problemas. Nos conocimos hace una semana en el mismo auditorio, ella atravesaba una crisis conyugal y yo enfrentaba mi divorcio.
Llegué veinte minutos atrasado, el auditorio estaba casi lleno, había sillas de plástico dispuestas alrededor de la estancia formando dos rectángulos, uno dentro del otro, me detuve en el vano de la puerta un momento, divisé una silla vacía al fondo, cerca de la mesita de los moderadores y allá me dirigí. Vestía un jean azul oscuro, una chaqueta de tres cuartos verde, una camiseta con un estampado psicodélico parduzco y zapatos de suela de cuero negro sin lustrar, una mezcla de joven y maduro, formal e informal, en tal caso, ecléctico, para no fastidiar ni a las personas jóvenes ni a las mayores y encajar con todo el grupo y, por supuesto, encajar con ella, a quien no terminaba de conocerla. Transcurrieron unos minutos y no la encontraba. La moderadora dio la palabra a una mujer que estaba en la misma fila que la mía, separada dos puestos, quien con su voz cantada y educada comentó su caso fríamente, era ella. Vestía un jean blanco apretado, botas negras, un saco lila y bufanda violeta;
ROMANCE EN HIELO
Todavía no me acostumbraba a la ciudad. Suponía que tenía que llevar una vida normal, como la de todo el mundo y se suponía que debía tener una novia. Así que aposte por Rocío, con quien tenía altas probabilidades de empatar, solo tenía que acoplarme y aceptar las cosas como vinieran. Tras largos años de reclusión, no podía darme el lujo de soñar y perseguir un ideal inaccesible, además estaba el problema de mi edad, que cada vez limitaba y reducía más el rango de aspirantes entre 40 y 50 años, no menudeaban las oportunidades que llenaran mis expectativas de otrora, en especial que tuvieran buen cuerpo. Debía acatar las cosas como se me estaban presentando. Debía portarme bien esta vez.
Rocío me aceptaba, le gustaba, se insinuaba, me daba todas las facilidades. Aunque fuésemos afines un 30 por ciento, al parecer estábamos dispuestos a aceptar nuestras diferencias y limitarnos a compartir lo que nos gustaba de ambos y el resto ignorarlo. Pero había algo que no terminaba de aceptar en ella y es que tenía muchos amantes. El hecho de que era casada era menos importante que el hecho de que tuviera amantes. Era una situación incómoda. Con su esposo las cosas estaban definidas, estaban separados intimamente pero todavía compartían su hogar con sus hijos. Ella no le debía fidelidad, se había emancipado, declarado infiel. He ahí el detalle. Entonces ella solo podía ser un pasatiempo para mi y la relación se podría volver media neurótica, frustrante y despertar suspicacias de lado y lado. Pero yo necesitaba por el momento una pareja, aunque sea para sentirme normal, reinsertarme en la vida. Después de 4 años en prisión, esa era mi prioridad, después ya buscaría otra mujer, una mejor opción.
Yo no sabía donde conducía el pasillo por el que ella guiaba. Ante nosotros se abrió un amplio espacio cubierto por la estructura de una carpa. Una bocanada de aire frío nos recibió, era una enorme pista de hielo ovalada, surcada por jovenes y niños que se desplazaban sobre la superficie. Había como unas veinte figuritas, más o menos diestras en el deporte, que circulaban por el óvalo y uno que otro maestro que ayudaba a los principiantes. Tenía a un lado un graderío para los expectadores, con tablones en los bordes para sentarse. Subimos cuatro gradas y nos ubicamos en medio de la platea, separados del grupo de chicos que hacían cola en la caseta para adquirir su tiquet. Nos sentamos uno al lado del otro, como novios, y se me vinieron a la memoria esas pinturas de paisajes desolados de Edward Hopper. Eramos un hombre y una mujer, ahitos en el graderío de esa platea, ella cruzada los brazos y las piernas, yo de vez en cuando le pasaba el brazo por el hombro y la cintura, buscando su calor; bañados por el ambiente frío de la pista congelada, tratábamos de encender un fuego como una fogata de carbones negros que no prendían. La iluminación de todo ese escenario era algo débil, en ningún caso brillante, que atenuaba la blancura del hielo con una pátina de desencanto. Un amor de invierno en la mitad del mundo, éramos una pareja latina que no encendía motores en aquél importado escenario.
Ella se había equivocado al elegir ese sitio para pasar nuestra cita. La vez anterior tomamos un café en el patio de comidas del centro comercial, un lugar mucho más acogedor, frente a frente ante una mesita, donde pudo explayarse en la conversación que se prolongó hasta casi las diez de la noche. Nuestra sangre caliente no había aprendido a flirtear en climas fríos, lo único que procedía hacer en tal circunstancia, lo mejor que se podía hacer, es buscar una habitación con una chimenea y una botella de algo fuerte y luego meterse los dos a una cama para calentarse los cuerpos, pero eso difícilmente se daría desde la plataforma de una pista de patinaje, por lo cual yo opté por pasarme toda la cita haciendo chistes y chistes, convirtiendo la frustrante cita en un motivo de risa.


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