GIOVANNI RUEDA
Hasta donde se sabe, Fotógrafo quiteño desde 1985 y aficionado a las letras pero, ante todo amigo y seguidor del tragasables...

EL TRAGAFUEGOS

EL TRAGAFUEGOS
El tragafuegos, cuya profesión según parece la traía en la sangre, dado
que había sido heredada por un malabar de padre quien para sobrevivir no había
aprendido mejor oficio que el de tragasables -mediante el cual había podido, no
educar, no alimentar, sino arrastrar como perros sin dueño con invisible cordel
por todas las mundanales calles que recorrió, a su familia de tres, o sea, su
mujer, un perro y su hijo, que ahora, crecido había devenido en un lanzallamas-
solía aterrizar en medio de la gran plaza que parecía un mar que se extendía
por sus cuatro costados a través de la miríada de adoquines que hacían un cuadrado escenario. En medio de esa
plaza se empezaba a posesionar y aderezar con sus aparejos, amuletos, especies
y substancias que colocaba alrededor de su pequeño puesto, alrededor del cual,
a su vez, se empezaba a formar el primer anillo de desocupados que solían ser
los espectadores admirados de su arte.
Se sacaba su camiseta para lucir bruñida espalda, abdominales y
pectorales musculosos, y las herramientas de sus brazos blandían con la una
mano una botella de color caramelo descorchada que se la empinaba hasta la boca
del gaznate de su cuello, y con la otra, una antorcha atemorizante e
importante, que también solía mantener lejos suficientemente a los niños
imprudentes que pudieran curiosear mucho en los mágicos y secretos dominios de
su tenderal. Así que, una vez el flujo del elemento ingresaba a su fauce, a su
oramen bucal, a la cueva del fuego, abría una bocanada para soltar como un
spray en el aire el alcohol, el pájaro azul, la gasolina o, sea lo que fuere,
aquel líquido que combustia con la mayor explosividad. Así que hacía,
aproximaba la bola de fuego a la salida de sus labios para interceptar las
gotas del combustible y formar un rayo de fuego delante su cara de quemadas
pestañas, que solía irse hacia arriba, con la gravedad que tiene todo fuego, de
ascender hacia los arribas violentamente hasta extinguirse entre humo negro y
nebulosas que desenfocaban la visión de los hipnotizados curioseadores del
extraño número que frente a ellos tenía lugar, como si estuviesen viviendo en
otros tiempos, que no los civilizados, donde la fábula, el héroe, la magia y el
ardid, todo era posible en manos del más barato encantador de las horas de
ocio, al igual que el de serpientes venenosas.
Y así, soplaba unos cuantos más rayos de anchuroso fuego, como un
lanzallamas, como un dragón, amenazando a cualquiera que pueda ingresar al
círculo que lo circundaba y después se dignaba proseguir su espectáculo y su
oferta al público que de principio no se explicaba el porqué de tanta magia.
Con el más suelto e irresponsable de los verbos empezaba a dibujar las más
inquietas formas de los cuentos para adornar las propiedades de sus plantas
medicinales, de lo cual no me extenderé mucho aquí. A veces ofrecía, una
planta, a veces otra, a las cuales adjudicaba diferentes propiedades sanativas
y, el mago aquel, que se decía provenir del amazónico oriente, de la venta
diaria de aquellas solventaba su vida en la arrinconada ciudad.
El tragafuegos, no sé si por disposición extraña o por cualesquier otra
causa, ya no aparece más en las plazas, es uno de los personajes ambulantes,
que quizás ha debido migrar a los pueblos con sus tendarales y aparejos, para
sobrevivir. Al parecer, incautos cada vez hay menos en la ciudad, pues de tanto
choreo y cuento, cada vez han sido más avispados y despertados por las
circunstancias y, desconfiados, no creen más ni en la magia ni en las bocas de
fuego. Vaya, que cosas, pero que otra cosa son sus políticos, sus vecinos, sus
pastores que cuenteros e incendiarios solapados.
Ahora que ha corrido el tiempo, siquiera unos treinta y cinco años de
aquesto, fui a dar a la casa de mi taita que me hizo una limpia echándome no
solo llamas sino azotes de ortiga en mí ya desfalleciente y, herida por la
vida, espalda…


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